by Matt Russell
Read Psalm 123

This Psalm is written from an experience of powerlessness where the writer is working out their own encounter with contempt, shame, cruelty and derision. This is a dark and lonely place. In the midst of this oppression the supplication “mercy” is whispered by the psalmist, and a crack of light appears, a new horizon of hope begins to emerge. In this word “mercy” an extended hand to an unconjured hope is unfurled. “The God of mercy,” Walter Brueggemann says, “is presented as the alternative and antidote to unbearable relationships and social inequality.” This is a prayer of immense hope, a conviction that demeaning social relationships are not to be endured but resisted.  This prayer is whispered in the dark alley’s of Houston, make-shift shanty’s where refugees congregate in Europe, the desert of Mexico on a trail of tears, and homes where violence and abuse is all to common place. It is a prayer that grows out of urgent need but is addressed to a God of all hope. This word “mercy” is surely to be on your lips during your lifetime, and God hears. May we hear this whisper in the world today and become a love that is gratuitous and unguarded. The world might actually depend on it. 

Come Holy Spirit, whose justice outwits international conspiracy, whose light outshines religious bigotry, whose peace can halt our patriarchal hunger for dominance and control, whose promise invigorates out every effort: to create a new heaven and a new earth, now and forever. Amen. —Diarmuid O’Murchu


Este Salmos está escrito de una experiencia de impotencia donde el escritor está trabajando su propio encuentro con desprecio, vergüenza, crueldad y burla. Este es un lugar oscuro y solitario. En medio de esta opresión, la súplica “misericordia” es susurrada por el salmista, y una grieta de luz aparece, un nuevo horizonte de esperanza comienza a surgir. En esta palabra “misericordia” se despliega una mano extendida a una esperanza ilesa. “El Dios de la misericordia,” dice Walter Brueggemann, “se presenta como la alternativa y el antídoto contra las relaciones insoportables y la desigualdad social.” Esta es una oración de inmensa esperanza, una convicción de que las relaciones sociales humillantes no deben ser soportadas sino resistidas. Esta oración se susurra en el callejón oscuro de Houston, en los chabolistas improvisados donde se reúnen los refugiados en Europa, en el desierto de México en un rastro de lágrimas y en hogares donde la violencia y el abuso son comunes. Es una oración que surge de una necesidad urgente, pero está dirigida a un Dios de toda esperanza. Esta palabra “misericordia” seguramente estará en tus labios durante tu vida, y Dios te oye. Ojalá oigamos este susurro en el mundo de hoy y nos convertiremos en un amor gratuito y desprotegido. El mundo podría realmente depender de él.

Ven Santo Espíritu, cuya justicia engaña a la conspiración internacional, cuya luz brilla por encima del fanatismo religioso, cuya paz puede detener nuestro hambre patriarcal de dominación y control, cuya promesa fortalece todo esfuerzo: crear un nuevo cielo y una nueva tierra, ahora y para siempre. Amén. —Diarmuid O’Murchu

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