by Ashlee Ross
Read Psalm 78

My parents regularly tell us stories of our family’s history, about our ancestors’ childhoods and opportunities, trials and hardships, about their faith that continues to impact generations. We know about the faith of my great-grandmother who became a young widow with four children after a freak accident killed her husband. Her deep faith impacted her children, their children, etc. We pass down and share these stories because our family desires to “not hide these truths from our children.”

Psalm 78 recounts “the glorious deeds of the Lord” in an effort to encourage each generation to “set its hope anew on God.” This reiteration of the Israelites’ escape from Egypt, the benevolence of God though they continually “rebelled against him in the wilderness and grieved his heart” reminds descendants of what and who brought them to this place, that generations are under the wings of a protective God who cares “with a true heart.” Our story doesn’t begin with us.  

Lord, we bring before you the distress and dangers of peoples and nations, the pleas of the imprisoned and the captive, the sorrows of the grief-stricken, the needs of the refugee, the impotence of the weak, the weariness of the despondent, and the diminishments of the aging. O Lord, stay close to all of them. Amen. —St. Anselm of Canterbury


Mis padres regularmente nos cuentas historias sobre la historia de nuestra familia, acerca de la niñez de nuestros antepasados y sus oportunidades, pruebas y dificultades, sobre su fe que continúa impactando generaciones. Sabemos de la fe de mi bisabuela que se convirtió en una joven viuda con cuatro hijos después que un extraño accidente mató a su marido. Su fe profunda impactó a sus hijos, sus hijos, etc. Pasamos y compartimos estas historias porque nuestra familia desea “no esconder estas verdades de nuestros hijos.”

El Salmos 78 relata “las obras gloriosas del Señor” en un esfuerzo por alentar a cada generación a “volver a poner su esperanza en Dios.” Esta reiteración de los israelitas huyendo de Egipto, la benevolencia de Dios aunque continuamente “se rebelaron contra él en el desierto y con el corazón afligido” recuerda a los descendientes de qué y quién los trajo a este lugar, que las generaciones están bajo las alas de un Dios protector que se preocupa “con un corazón verdadero.” Nuestra historia no comienza con nosotros.

Oh Señor, traemos delante de ti la angustia y los peligros de los pueblos y las naciones, las súplicas de los encarcelados y los sometidos, las penas de los desconsolados, las necesidades de los refugiados, la impotencia de los débiles, el cansancio de los abatidos y el desgaste de los envejecidos. Oh Señor, permanece cerca de todos ellos. Amén. —San Anselmo de Canterbury

 

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